Sociedad Solidaridad

La historia de la Martita (de Córdoba)

Con el objeto de expandir la historia de La Martita ya que muchas personas la desconocen y sólo creen que es una loca vagabunda, me tomo el atrevimiento de copiar esta nota textual del sitio web “Sos periodista” Por Mario Albera.

En estos días se lanzó un sitio web ¡Que cante La Martita! que busca apoyar a La Martita en su sueño de subirse a un escenario a cantar con la Mona Jimenez. En la Web se juntan adhesiones para que la popular artista callejera de Córdoba cante a dúo con “La Mona” Jiménez.

Antes de pasar al texto les dejo algunos videos para que conozcan quién es este personaje de la peatonal que es dificil de no encontrarse cuando uno recorre las calles del centro cordobés:

El texto es un poco largo pero vale la pena leerlo, aquí se los dejo:

(I)

– Marta, ¿venís conmigo?
– ¿Y qué hacemos con J? (“J” es un menor que no podemos nombrar; será Jota a partir de ahora)
– Lo llevamos…
– No, no quiero, sabés que no me gusta.
– Que venga, ¿qué le va a pasar por medio día?
– ¿Y si pasa?
– Quedáte tranquila Marta, no pasa nada.
– No quiero, es chico, mejor lo dejamos con Mirta (nombre ficticio de la vecina)

Ese día, viernes 24 de enero del 2003, Roberto estaba solo para salir a juntar cartones. Su acompañante habitual estaba enferma. Entonces le propuso a Marta que le diera una mano, porque los viernes se conseguían “cosas lindas”: ropa, juguetes, que Marta acondicionaba y lo llevaba al trueque. Pero antes había que resolver qué hacer con Jota, el pequeño. Por suerte, esa tarde la vecina estaba en su casa y se lo dejaron a ella. Así que salieron con el carrito en dirección a Los Naranjos, un barrio de clase media, elegido por militares. En ese momento, Marta y Roberto vivían junto a otros okupas en un edificio abandonado sobre calle Ferrer, en barrio Manuel Estrada.

– Hagamos rápido porque no quiero dejar solo a Jota.
– Sí, Marta, tranquila.

(II)

Dardo Castro es el jefe de la División de Delitos contra las Personas de Córdoba. Me hace pasar a su despacho en el primer piso de la Central de Policía, en barrio Alberdi. No levanta la mirada para saludar; la tiene fija en un expediente ya algo amarillento por el paso del tiempo. “Aquí está lo que usted me pidió. No se lo puedo mostrar porque es secreto. Pero cuénteme qué quiere saber”, invita serio.

– ¿Quiero saber si hallaron al dueño de la granada que le arruinó la vida a estas dos personas? – le digo.
– Por lo que puedo ver (ojea el expediente), no. La investigación sigue pendiente.
– ¿Pero pasaron más de cinco años comisario?
– Lo que pasa es que la vorágine del trabajo hace que aparezcan hechos con más resonancia, que merecen una resolución rápida, y lo otro se va dejando. Hasta que algún día aparezca algo que lo vuelva a reflotar.
– Por ejemplo, que alguien se preocupe por el expediente…
– Sí, yo le doy las gracias por haberme hecho recordar este caso. Yo llevo en este cargo un año y medio. Veremos qué podemos hacer.
– Llama la atención comisario que no hayan dado con ningún sospechoso. Quizá averigüando quién vive en la zona donde se produjo el hecho se pudiera haber llegado a dar con el responsable. ¿O cualquier puede tener una granada?
– Cualquiera puede comprarla ilegalmente. No sólo un militar; cualquier ex miembro de una fuerza de seguridad puede tenerla. Las granadas se usan como señuelo para robar un banco.

(No se lo digo, pero descreo que esto sea habitual)

– Pasaron más de cinco años comisario. El tiempo les juega en contra.
– A veces el tiempo juega a favor. A lo mejor, un testigo que antes no quería declarar, hoy sí querría hacerlo. Es difícil investigar cuando la gente no se compromete.
– ¿Sabía usted qué fue de la vida de Marta?

Me mira perplejo. Le cuento rápido. El comisario se queda en silencio, casi sin habla, como avergonzado por la situación.

– Es cierto, este sistema se olvida de las víctimas – reflexiona.

(III)

“Ese día nos fuimos para barrio Los Naranjos. Él se adelantó una cuadra. Encontró una caja arriba de una tapia y yo me quedé al frente, me puse a ver una revista, porque a mí me encanta ver revistas, Para Ti y esas cosas”.

Marta está sentada conmigo en un macetero de la peatonal San Martín. Tiene un dedo vendado por una infección que contrajo limpiando solita la mugre de una habitación que alquila por quince pesos diarios en la zona de la estación terminal de ómnibus. Está dolorida. No pudo dormir de tanto ardor. Acaba de llegar del hospital, donde le hicieron un vendaje y le dieron unos antiflamatorios –de color rosado- que le revientan el estómago. Viste un buzo de algodón, sobre una polera de lana, pantalón deportivo y zapatillas, y el bastón blanco entre las piernas. Se la nota cansada, pero con ganas de hablar.

– La gente se ríe porque yo digo que voy a ser la presidenta y que voy a poner reglas en la casa de gobierno y voy a poner hecho un lujo acá a toda la Argentina. Y ellos me dicen: “Sí Martita, te vamos a votar a vos”.

Marta vive haciendo de bufón. Puede tener unos llaveritos del gato Garfield para vender, que compra en la zona mayorista, pero eso es una excusa. Ella se comporta como un showman de la mendicidad: “Dáme cien pesos”, pide con voz getona, mientras extiende la mano y mueve la cadera en forma burlona. O repite: “Billete, dáme billete”, provocando la risa del que pasa. Por ahí un joven le deposita unas monedas y le susurra algo al oído, y ella se lo agradece exponiéndolo: “Gracias, muñeco”, le grita, para que todos se enteren. Marta es así; a veces da la impresión que busca ser desagradable para que el mundo se entere de que existe. “Cantáte algo, Martita”, le piden. Y ella cumple: “Pila Pila Pila…”.

Química Abreu –una banda de música pop local- le dedicó una canción a ella que se llama “Moneda, Billete”. Y Lito Quinteros, el operador de Cadena 3, tiene su voz chillona para meterla como bocadillo en la mañana de Mario Pereyra.

– Los chicos de los negocios me dicen cosas en el oído, y yo les digo: Volá de acá si no te voy a meter un bastonazo y se empieza a reír la gente que está comprando. Yo hago reír a todo el mundo – se jacta.

“Ella tiene una frase muy interesante que dice: “La gente está triste y yo debo ponerlos contentos. Es muy similar a lo que hace un payaso, que es una persona sola y algo triste, pero cuya misión es hace reír a los demás”, comenta Juan José Ferrero, una persona ciega que le enseñó a Marta a aprender a usar el bastón en el instituto Julián Baquero.

“Ella aprendió a usar el bastón y conoce todas las técnicas, pero permanentemente pide ayuda porque lo que quiere es hacer contacto con la gente”, me dice Ferrero, quien recuerda que Marta llegó a la institución en el 2003 con una rama como bastón. “Marta es el hazmerreír de la peatonal. Ellos quieren que cante pero no saben que cuando más grita y más escándalo hace, más la perjudican porque la hacen aparecer como una loca y Marta no es eso” señala Alejandra, una persona que hizo lo indecible por Marta.

– A veces no se puede estar en el cabildo por el olor a zoológico que hay. Siiiiii, por los cirujos que mean. Yo los tengo cortito a los cirujos; le dan refugio, le dan todo, y ni siquiera se quieren bañar porque le tienen miedo al agua – bromea.

(IV)

“Yo ví que él agarro una caja y siguió caminando pero no vi que tenía. Él grito tres veces y yo no le llevaba el apunte, hasta que gritó fuerte: “Vení Marta, vení…” Y yo miré, dije: Dios mío, qué le pasará”

Marta Amanda Fernández cumplió 48 años el 25 de junio pasado. Es cordobesa y de madre jujeña. Al nacer, la abandonaron en una caja de manzanas en las puertas de la Casa Cuna. Creció en un hogar para niños huérfanos y cuando cumplió 13 años la trasladaron a un hogar de monjas. Allí forjaría su carácter y su amor por las mujeres con hábito. Mientras trabajaba cama-adentro en casas de familia, conoció a su primer marido, con el que tuvo dos niñas. El tipo era golpeador y murió ajusticiado en un baile. Su segundo marido también era violento: se emborrachaba y echaba a Marta y a las niñas a la calle. Un día la justicia intervino, le quitó a Marta las nenas y las dieron en guarda judicial. “Marta nunca quiso firmar los papeles de adopción y hoy clama por ellas: Quiero hablarles algún día y explicarles que yo no las abandoné, repite todo el tiempo”, me cuenta Alejandra que dice Marta. El tipo que la echaba un día regresó, con la promesa de ayudarle a recuperar las nenas, pero volvió la pesadilla: “El tipo se hizo el bueno por un tiempo”, relata Alejandra. “Un día la abandonó y la dejó embarazada”. De esa unión, nacería Jota.

Tiempo después, Marta conoció a Roberto Ibáñez, su tercer y última pareja, diez años menor que ella. “La familia de él no la quería porque decía que era una degenerada. Pero cuando ella lo cuenta se ríe pícara”, dice Alejandra. Aunque Ibañez se comportaba mejor, en ocasiones bebía y también violentaba a Marta. Trabajaba en un taller, que cerró por la crisis del 2001. Entonces empezó a cartonear, mientras Marta iba a la “cortada de Israel” (una calle de la zona de negocios con venta mayorista del Mercado Sud de la ciudad) donde compraba shampoo para venderlo en la peatonal. Hasta que sucedió lo que sucedió.

(V)

“Él tenía con la mano y daba vuelta y hacía así, entonces yo cruzo la calle. Empecé a correr, él gritaba desesperado, y yo justo lo toco con esta mano ¿para qué lo toqué? Reventó la bomba y me hizo volar en medio de la calle, y me reventó el ojo, siiiiiiii, y ahí lo mató, pobrecito. Lo mató. Él era mi amor”.

Marta y Roberto están barrio en Los Naranjos revolviendo bolsas y cestos de basura. Ya es madrugada del sábado 25 de enero. Roberto tomó la delantera; Marta viene atrás distraída con las revistas viejas. Hasta que Roberto encuentra algo extraño. “¿Qué será esto?”, piensa. “Vení Marta, vení”. Es lo último que Marta alcanza a escuchar. Una explosión la frena y la expulsa lejos. “Ella es tan creyente que siempre dice que es como si alguien la hubiera ayudado a amortiguar el golpe contra el suelo”, cuenta Alejandra. Esa cosa extraña que explotó era una granada de alto poder destructivo. Una EAM-5, de origen español, dirían luego los expertos. “El hombre quedó como sentado sin manos y con la parte delantera del cuerpo desgarrada”, apunta Patricia, dueña hoy de la farmacia ubicada en Pedro Goyena y Héctor Paniza, la trágica esquina. En el sumario policial, las fotos de la Policía Judicial lo muestran a Ibáñez con la parte delantera del cuerpo desgarrada. “Había pedazos de dentadura, pelos con sangre y carne quemada desparramada”, recuerda Luisa, otra vecina. Todavía hoy, la mancha de pólvora sigue adherida a la piedra bola de una casa.

“Un hombre murió al estallar una granada en barrio los Naranjos”, informó la agencia de noticias Télam. “La muerte estaba entre la basura”, enunció La Voz del Interior en su edición del domingo 26 de enero del 2003. Y cerraba la crónica asegurando que la persona que dejó el artefacto explosivo en la vereda sería un “ex miembro de las Fuerzas Armadas”, que “ya estaría identificado”. “No, el caso sigue impune”, me dice el jefe del Delito contra las Personas de la Policía, a más de cinco años de que la ocurrencia de un energúmeno terminara con la vida de dos personas: a una la mató físicamente y a Marta… Marta esa noche fue derivada, primero al hospital de Urgencias, para recibir las primeras curaciones y luego, al hospital Córdoba, para el servicio oftalmológico: tenía los dos ojos hechos trizas. “Estallido de globo ocular con pérdida de cristalino, urea y vitreo, en el ojo derecho, y traumatismo perforante, en ojo izquierdo”, dice la historia clínica.

El frío parte médico se refiere a la paciente número 1378930, internada en la sala 117, cama 3. Allí estuvo dos meses, hasta que un día le dieron el alta. Podés irte a tu casa, le dijeron. Pero llegó a mitad del pasillo y se frenó: no sabía adónde ir ni cómo hacerlo. No veía. No sólo no había nadie esperándola; sino que regresaba a la vida ciega.

Se reencontró con su hijo. Hubo abrazos y llantos y la decisión de volver al lugar abandonado en el que vivían para buscar las pertenencias. Les habían robado todo. Allí empezó el peregrinar por distintos hogares y refugios como el Padre Aguilera, el Portal de Belén y el Remar, entre otros. Del hogar del Padre Aguilera, Marta se escapa con Jota para recibir atención médica. “Mi hijo estaba lleno de ronchas y no podía esperar hasta la otra semana que viniera el médico”, me dice Marta. La denuncian. La Policía la busca. Dan con ella en Cáritas. La distraen con una entrevista mientras le llevan el hijo. Ella sale corriendo como puede. Tropieza con la escalera y pierde parte de la dentadura. A Jota lo internan en un hogar para niños. A falta de refugios donde llevarla, a Marta la alojan en el Remar, un centro de rehabilitación para adictos. Pero éste cierra y Marta queda en la calle. Ese día la encontró Alejandra, y a partir de ahí nace una amistad que dura hasta hoy.

– Yo paré en los peores refugios. Mirá (enumera): paré en el Roma, en el Casa Amarilla, en el Padre Aguilera. Pasé millones de cosas, eran malísimos. La pasé mal porque la comida te daba asco (pronuncia con fuerza).

– Cuando no quise estar en el refugio ¿sabés lo que hicieron? Me llevaron al Neuro (Psiquiátrico) porque no había más lugar. Estuvieron mal en el Pizzurno conmigo.

Empezó la búsqueda de Alejandra por encontrarle un lugar a Marta. Recorrió infinitos lugares pidiendo ayuda: iglesias, geriátricos, refugios, instituciones privadas, Concejo Deliberante, Tribunales, gobiernos municipal y provincial. “Todos se preocuparon por el caso de Marta y me felicitaban por estar ayudándola, pero ninguno me daba una solución”, dice. “Todo lo que la justicia le pidió a ella lo ha cumplido: la rehabilitación, las visitas continuas al nene, gestionar una pensión. Pero le falta un lugar permanente y digno donde vivir. Esta sería una manera de recuperar a su hijo y de que vuelvan a estar juntos”, señalaba Alejandra en una carta enviada el julio del 2006 a Ideas del Sur, la productora de Marcelo Tinelli, en cuyo programa “30 segundos de fama” Marta soñaba participar y ganar dinero para recuperar a su hijo.

Hoy, la situación de Marta no ha variado demasiado. Mientras, su hijo, pasa sus días, tardes y noches en un hogar de tránsito. Hasta hace unos días estaba en el hogar evangélico Granja Pía, en San Agustín, un pueblo ubicado 70 kilómetros al sur de la ciudad de Córdoba. Pero por decisión de la justicia lo habrían trasladado a Córdoba, al Ceferino Namuncurá. Marta implora, llorando, de que lo trasladen porque en la Granja no recibía apoyo escolar. “Lo hacen trabajar en vez de llevarlo a la escuela”, dice.

En una mochila que la acompaña adonde vaya, Marta guarda un cuaderno Gloria con anotaciones de Jota, en su paso por distintos institutos y albergues. Por ejemplo, de su estadía en Los Hermanitos, Jota cuenta en letras de imprenta: “Cuando estuve hogar de Hermanito Cristina me daba el remedio se le caía más de una gota por eso el tiempo pasaba. Me estoy dando cuenta que me sentía mal y también a Ricardo se le escapaba la gota. Yo le conté al doctor que se inchaba el pechito y me cambiaron el remedio y ahora me siento maso o meno con el remedio que tomo. Se llama Midax y Rivotril en pastillas y me gustaría que me lo saquen”. En otra hoja del cuaderno se lee: “Necesito ayuda e ir a la escuela y quiero seguir yendo al Cabred y me gustaría hacer la comuñón y la confirmación. Mamá no te olvido. Conseguí una casa mamá. Te quiero mucho”.

(VI)

El expediente de Jota está en el Juzgado de Menores de Séptima Nominación Secretaría Ocho, a cargo del juez Julio Torres. Hace unos días, el juez me atendió en su despacho junto a la secretaria del juzgado Sandra Fernández.

El juzgado se encuentra en el primer piso de Tribunales I, sobre calle Duarte Quirós. El día que lo visité, el juez estaba de turno; veo algunos padres entretener a sus hijos en la balaustrada de la escalera mientras esperan ser atendidos. Después de cuarenta minutos, ingreso al despacho del juez. Es austero. Sobre su escritorio sobresale el expediente de carpetas amarillas de Jota y a sus espaldas, un crucifijo con una ramita de olivo, adorna la pared junto al título universitario enmarcado. La imagen de una virgen asoma de un armario. Unos sillones de cuero también ocupan la sala. En uno de ellos está sentada la secretaria, que cada tanto interrumpirá la entrevista con el juez para meter un bocadillo. Torres es de talla delgada y facciones angulosas. Se muestra amable, pero adelanta sobre Marta: “Ella no se puede hacer cargo de la criatura (por Jota) porque es una persona que no puede auto valerse a sí misma y no tiene nadie que la ayude, porque las personas que las ayudan son ocasionales”. Y afirma casi como sentencia: “Entonces es muy difícil que pueda recuperar a su hijo cuando no tiene un lugar dónde ubicarse”.

En su artículo 33, la Ley de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes (26.061) sostiene que “la falta de recursos materiales de los padres, de la familia, de los representantes legales o responsables de las niñas, niños y adolescentes, sea circunstancial, transitoria o permanente, no autoriza la separación de su familia nuclear, ampliada o con quienes mantenga lazos afectivos, ni su institucionalización”.

El juez admitió que resolvió separar al hijo de su madre porque entre ellos existiría una “relación simbiótica patológica” por la cual Marta “asfixia y no deja crecer a su hijo”. Es una madre demasiado sobreprotectora, a juzgar por el juez y un informe psicológico que le acercaron. “Es una posesión la que tiene sobre el chico. El chico es como parte de su brazo, su lazarillo”, afirma Torres. “Ese es el daño que de alguna manera hace que el juzgado intervenga. Yo le prohibí (a la madre) la visita porque de alguna manera había que cortar este vínculo para ver cómo evolucionaba el chico. ¿Usted sabía que es tal la dependencia que le dio de tomar la teta hasta los ochos años? Esto le da la pauta que hay algo que no está bien”, sorprende en su afirmación.

La abogada Julia Reartes opinó que “ofende el sentido común” el argumento del juez. Apuntó que el único argumento que establece la ley para decidir sobre la tenencia es cuando existe una “vulneración grave de derecho. Por ejemplo, que el chico esté desnutrido, que no sea vacunado, que sea maltratado, que no vaya a la escuela, es decir cuando hay situaciones objetivas y medibles”. “La alternativa de una internación –completó- es un recurso ultimísimo. Antes los jueces, deben hablar con los padres. Pero más dificultades va a tener el chico privándolo del afecto de la madre, que separándolos porque existe una relación sobreprotectora”.

Torres reveló que antes que sucediera la explosión, en agosto del 2002, el nene ingresó con un cuadro de un supuesto maltrato a la Dirección de Especialidades Médicas. Por entonces tenía ocho años. No está comprobado que Marta le haya pegado; pero no es ese hecho la que la condena sino su excesiva protección maternal. Igualmente, el juez le restringió la visita porque “hizo escándalos cuando fue a verlo. Se pone a gritar y altera a todos”.

En La Voz del Interior del 25 de noviembre de 2007, Reartes afirmó que si bien la ley 26.061 en teoría vino a terminar con el patronato estatal, en la práctica éste sigue vivito y coleando. “No se advierte ninguna necesidad de que para su protección, un niño y su familia tengan que ser sometidos a procesos inquisitivos que en nada aportan a la restitución de derechos vulnerados. Y lo que es más grave, que en nombre de esa protección se lo prive de la libertad en cárceles de menores –eufemísticamente llamadas institutos”, escribió la abogada.

(VII)

Marta lo perdió todo. Por obra de un energúmeno que sacó una granada a la calle para que se la llevaran como bolsa de basura, perdió a su pareja, perdió la vista, perdió su casa abandonada que hacía las veces de hogar y perdió a su hijo. El Estado que debió haber investigado ese asesinato absurdo y evitable, jamás lo hizo. El expediente estuvo boyando de la justicia federal a la provincial, discutiendo sobre jurisdicciones, mientras una mujer con fractura de cadera y sus ojos perforados se debatía en una cama de hospital. La Policía jamás investigó. Estuvo la noche de la tragedia, tomó algunos testimonios y no más. Jamás volvió al lugar a buscar al culpable. Y si lo encontró y lo ocultó, no lo sabemos. La cuestión es que no apareció. Ese Estado que menospreció el hecho, le quitó su hijo. Porque Marta es pobre, no tiene una casa donde ubicarlo y encima es una madre sobreprotectora, algo getona, mal educada, canta cuartetos en la peatonal, es desagradable para el sistema.

Marta una vez intentó suicidarse tirándose debajo del colectivo. Es sorprendente que no lo haya intentado nuevamente; se ve que, todavía, y pese a tanta impunidad y mala suerte, conserva algo de esperanza. Por ejemplo, que el Estado la gratifique con una vivienda digna para que tenga donde ubicar a Jota.

Marta les diría: “Dame Moneda, Billete, Muñeco…”

¡Que cante La Martita!

1 comentario

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  • Es tremenda la hostoria, me hace pensar cuánta gente lleva en sus espaldas tanta carga, tantas injusticias y tanto maltrato y uno sólo ve en ellos, locos o crotos o las dos cosas.
    A pesar de todo la martita sigue viviendo y llevando su carga lo mejor que puede lo mejor que sabe, mucho mejor que muchos, incluyendome.
    Ojalá haya justicia para ella.